Bolivia

El país que despertó mi entusiasmo por recorrer el mundo.-

Mi viaje por Bolivia comenzó el 14/1/2019, junto a ocho amigas. Allí fue mi primer contacto con una cultura tan des-occidentalizada, y la amé. En Bolivia, observé el despojo de lo superficial, de lo material; y emergieron mis ganas de salir a llenarme de encuentros reales, colmados de humanidad.

Rumbo a Sorata-

Desde Copacabana, entre gritos que decían “mini buses a la paz” compramos los boletos que costaban veinte bolivianos y nos subimos con desconcierto. Constantemente, resonaban en el ambiente las bocinas y las voces, que en aquella estación se habían multiplicado. Los vendedores detectaban a los turistas y,  de manera efervescente, intentaban venderte su servicio de transporte. Desde atrás, se acercaban las mujeres que vendían helado (con forma de tubo y envasado en bolsa de plástico)  o panes de queso. También, estaban los que ofrecían taxis, excursiones a la isla del sol o el niño que lustraba zapatos. Nosotras teníamos que sacar pasajes con destino a Sorata y entre tanto bullicio no sabíamos con qué criterio elegir, tampoco podíamos tomarnos mucho tiempo porque los pasajes se agotaban. Además, las diferencias entre uno u otro eran indescifrables. Nos quedaba el azar y el precio. Elegimos el más barato.

 Según nos habían indicado debíamos bajar en Huaryna, un pueblo muy pequeño en el medio de la ruta; y precisamente ahí, teníamos que tomar otro mini-bus hacia Sorata. Cuando recuerdo este momento se me viene a la mente la imagen de un campo cubierto de pasto seco por el sol. Muy a lo lejos se escuchaba el canto de un pájaro; de las pocas casas que había brotaba el silencio. Cada tanto pasaba algún auto. La soledad estaba siendo retratada en ese instante, en aquel recoveco; me sentí ínfima en la grandeza de lo vacío. No había nada ni  nadie, ni siquiera un cartel que indique que estábamos correctamente ubicadas. Pero confiamos, ya que no nos quedó opción. Esperamos, unos diez minutos, y llegó la trufi (como le dicen allá). Medio borroso veíamos algo que se acercaba, “¿será qué efectivamente estábamos en el camino correcto?” me preguntaba. De a poco fui comprendiendo que las reglas bolivianas poco tenían que ver con lo que conocía hasta ese entonces.

Mientras cargábamos las mochilas, en el techo del vehículo, una mujer bajó, sosteniendo a su bebé,con un manto atado a su espalda.  Al mismo tiempo, con sus manos, agarraba unas bolsas, que a simple vista parecían pesadas. No me cansé de observar a aquella chola, como las identifican en Bolivia, para poder comprender su lógica de cargar tanto peso. Me daba impresión pensar en la idea de que se le cayera el hijo, pero a ella no le temblaba nada; se movía de acá para allá como si fuera una parte más de su cuerpo. Entendía las técnicas que tenían que adquirir para ser madre: trabajar y lidiar con la desigualdad

 Aquella imagen de la cholita me habló de la sociedad que estaba transitando, de las mujeres que, fieles a sus orígenes, luchan cada día para no dejarse vencer. No iban a permitir que se dejen pisar sus creencias. Comprendí que ser chola es vestir la identidad de un pueblo que quiso ser apagado, es la expresión del mestizaje y un símbolo de resistencia.

Así comenzó un viaje en ruta que sería recordado como la imagen más genuina que me quedaría de mi paso por el país vecino. Luego de fotografiar con mis ojos el símbolo identitario de lo que significó Bolivia, comenzamos a andar, ahora sí, rumbo a Sorata. Estábamos muy apretados todos, y sin embargo, en cada parada seguía subiendo gente. Me senté en la primera fila de asientos, y frente a mí, muy cerquita, había una familia o al menos eso pensé. Apenas los vi saqué mi cuaderno y escribí:

“…Alrededor mío hay una familia. Un papá y tres hijos, un bebé, una niña y un chico que no alcanzaría los trece años. El papa no debe tener más de treinta, incluso parece de bastante menos. Aunque ahora dudo si el supuesto padre no es el hermano mayor. Bueno sea quien sea, se queda dormido y el bebé que tiene en sus brazos reposa junto a él. Él cabecea y cae encima de mí, el bebé también. Ahora dudo también si el padre o hermano mayor no está muy borracho.Vengo viendo y escuchando que es muy común emborracharse hasta la inconsciencia los domingos. ¿Qué día es hoy?  Siento cierto olor a alcohol, aunque también olor a comida, olor a bebé, olor a cuerpos cansados y sudados. Pero el más fuerte para mi sentido del olfato, es el del adulto. No sé como describirlo, es un olor personal. ¿Existirá el olor a trabajo desmedido? ¿El olor a no poder más con las imposiciones, con la vida?  No sé olor a qué es, pero si esos olores existieran estoy segura que serían como este que estoy sintiendo acá.  El pre-adolescente se hace cargo del bebé, la alza y le dice: yo te cuido. El adulto sigue cayendo del agotamiento, de la borrachera o ambas, y la pequeña lo sostiene e intenta cuidarlo. Me miran haciéndome sentir que no soy local, yo solo quería mirarlos a los ojos. Se genera una ida y vuelta de miradas. Los miro. Me miran. Quiero saber más de ellos, de sus vidas, la intriga me acapara. Les haría todas las preguntas posibles, pero me las reprimo. Quizás acá es desubicado. Quizás no. ¿A dónde irán? ¿De dónde vienen? ¿Cómo se llaman?  Finalmente, llegaron a su destino. La nena le dice: Papi llegamos y el mayor se despierta. Al adulto se le cae una gorra que tiene puesta, se la alcanzó. Ese es el mayor contacto que llegamos a tener. Resulta ser que al final era el papá”

El choque cultural que afloraba a cada paso me producía la sensación de estar caminando por una cuerda floja. El desequilibrio me sorprendía y  me hacía caer para destapar nuevas formas de pensamiento. La caída con los días se convirtió en un salto intencionado, ya que la experiencia se convertía en lo verdaderamente enriquecedor. La expansión de mi mirada aumentaba sin escalas. Sentía que abría una puerta y otra, y otra…eran inagotables. Cuando intenté estereotipar hechos o personas, esa manera incorporada que tenemos las personas para definir lo que a veces no se puede, me di cuenta que tenía que “desaprender lo que creí haber aprendido” si me quería permitir entrar en el viaje de ser atravesada por una cultura, que tanto tenía para contarme.

Ya no era la misma. Estaba entendiendo que fuera de Buenos Aires, había mundos y realidades infinitas por descubrir.

-La Paz, desde arriba-

En la Paz, todos los símbolos que ya habíamos observado y nos habían generado preguntas, se exacerbaron. Como toda ciudad y capital de un país, hablaba por sí sola. Ya no me cruzaba una cholita con su bebé a cuestas, sino que las veía por todos lados. Ya no había un transporte caótico, sino que había muchos, por doquier y tocando la mayor cantidad de veces posible la bocina. Ya no era un grito único indicando un lugar de destino, sino que se oían los nombres de las ciudades y pueblos de todo el país. La Paz, es la máxima expresión de la cultura boliviana. Yo estaba en un estado de éxtasis. Quería saber que tenía para contarme, ¿que decían sus paredes?

Queríamos llegar al famoso alto, al cual se llega mediante teleférico. El alto es considerado una ciudad independiente pero que pertenece al área metropolitana de La Paz. A medida que ascendíamos, podía apreciar mejor el paisaje y la crudeza de la realidad, como si fuese una película muda que se proyectaba del otro lado de la cabina.

Casas sin revoque, en un paisaje de color ladrillo y techos de chapa contrastado con el verde de la vegetación en las montañas. Mujeres y hombres descendían de ellas, como hormigas, con sus vestimentas multicolores, en busca de alimentos para sus familias.  

Una vez arriba, nos encontramos con la feria más grande que jamás vi. Decenas de puestos, uno al lado del otro, , divididos por sectores: repuestos de autos, ropa, tecnología, cosas de cocina,etc.

A su vez, me llamaba  la atención la relación que tenían con la higiene y la comida. El olor del aceite hirviendo entraba por mi nariz cada vez que llegaba a un mercado. Estos  son lugares donde se puede conseguir un menú con entrada, plato principal y postre a un precio impensado (10 bolivianos= 90 pesos argentinos). Los platos típicos, rápidos y que no faltan en ningún lugar eran pollo frito, salchipapa o guiso de algún tipo de carne. Para enjuagar los platos y servir nuevamente, usaban un balde con agua reutilizada, lo remojaban algunos segundos y servían la comida. A pocos metros, o mejor dicho, al lado, se veía la carne cruda, la cual no se conservaba en la heladera. Tampoco, refrigeraban los diferentes lácteos ni las bebidas, las cuales vendían “al tiempo”, como dicen allá.. Por lo general no utilizaban cubiertos, se comía con la mano y el piso era la mesa. Alrededor no faltaba la presencia de los perros callejeros haciendo compañía y esperando recibir algún premio. 

La atmósfera de estos espacios habla por sí sola. Nacen en busca de generar espacios económicos para quien consume y una oportunidad de trabajo para quien brinda el servicio. Los mercados revelan aún más verdad, porque te dan la posibilidad de observar maneras, costumbres y códigos puramente locales.

La altura, el calor y la cantidad de personas que había nos impulsaron a dar por terminada nuestra visita al Alto. Volvimos al teleférico y unos amigos viajeros que habíamos conocido en el hostel nos recomendaron con muchísimo entusiasmo que vayamos al sur de la ciudad porque nos iba a sacudir de pies a cabeza. Encaramos para aquellos lados entonces. No fue el sur ni el barrio lo que nos descolocó de nuestro eje, sino el muro invisible e implícito, que representaba crudamente la desigualdad y dejaba al descubierto las diferencias sociales existentes. El cambio fue abrupto, era estar aterrizando en una nueva “La Paz”. El muro no existe físicamente, pero lo vi, lo sentí y me lo cuestione. A veces no es necesario lo tangible para marcar límites. Acá la frontera estaba clara, habíamos llegado a la ciudad de unos pocos. En ese sector, veía acumuladas las riquezas que escaseaban en el norte. Me ericé y me sorprendí. Pero también me cerró una cuestión que no lograba responder: si Bolivia era un país desigual, ¿dónde está lo que no funciona como lo homogéneo que vengo observando?  El rompecabezas se terminó de armar en ese instante en que palpé con intensidad la desigualdad. 

Sin embargo, tan pronto atravesamos aquel paisaje, la realidad nos mostró su otra cara. Como si fuese una realidad paralela. Nos mirábamos entre nosotras, preguntándonos si estábamos todas observando lo mismo. La zona sur es la parte rica de la ciudad. Allí abundan las mansiones; piletas en las casas, que podíamos observar desde el teleférico. Lo único que se mantenía del anterior paisaje era la vegetación y la montaña, como así también, la brecha social.

Nos bajamos del teleférico y caminamos. No había contaminación sonora, ni transportes públicos masivos; solo autos personales, centros comerciales y locales de marcas internacionales. Todo muy ordenado, muy tranquilo. ¿Seguía en el mismo país? ¿Por qué ya no veía personas con rasgos originarios? 

Ahí entendí, aún más de que se trataba estar recorriendo Bolivia. 

-Potosí-

Vale un Potosí-

El potosí fue una moneda de mucho valor en la época del virreinato español y la expresión “vale un potosí” hace alusión a la plata, al oro y otros minerales que se extraían de las fértiles minas del actual territorio boliviano. Previo a la colonización, el oro y la plata que los incas extraían de las minas de Colque Porco y Andacaba se utilizaban para venerar a los dioses. Sin embargo, los colonizadores no tardaron en llegar y convertirlos en un medio de comercialización.

“Fluyó la riqueza. El emperador Carlos V dio prontas señales de gratitud otorgando a Potosí el título de Villa Imperial y un escudo con esta inscripción: “Soy el rico de Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y la envidia soy de los reyes…” Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina.

Potosí se convirtió en ese entonces en la vena principal del territorio.

“Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible” Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina

 Hoy en día la minería sigue siendo una de las principales fuentes económicas de Potosí. Ser minero es un trabajo que trae consigo muchas contraindicaciones y en el que se puede ver una vez más, la diferencia que se genera entre personas que nacen en un determinado lugar u otro. Es muy común hacer una excursión a las minas, visitar a los mineros y llevarles ofrendas (cigarrillos, alcohol, comida). Cuando escuche de este paseo, me dio un escalofrío, sentí que me estaban invitando a visitar un zoológico humano ¿Qué tendría de interesante ir a ver personas haciendo su trabajo? Y un trabajo en el cual los accidentes son frecuentes, las posibilidades de adquirir enfermedades pulmonares son altas (“mal de mina” hace referencia a la enfermedad denominada silicosis, que una vez contraída el tiempo de vida es muy poco) y la esperanza de vida ronda los treinta y cinco años. 

Además, en muchas ocasiones, el salario no alcanza para mantener una familia entera, por eso niños y adolescentes frecuentemente también realizan esta tarea. El trabajo minero no se mide por horas laborales, sino por la cantidad de minerales extraídos (ocho toneladas semanales aproximadamente). En caso de no  alcanzar ese número, los trabajadores se quedan a “doblar”, lo que significa trabajar jornadas extras hasta lograr cumplir el objetivo impuesto por las cooperativas.

El turismo de Potosí lucra con el trabajo minero, exhibiéndolos e intentando venderle al turista que la explotación no es tal, que la violencia sistemática no existe y que se trata de una ocupación únicamente cultural e histórica.

La estadía-

Llegamos a Potosí el 27/1/2019 había tormenta eléctrica y si bien hablábamos el mismo idioma, parecía que no. Nuestro único objetivo era llegar al Hostel, pero cuando decíamos la dirección, cada persona a la que le preguntábamos nos indicaba muy seguro un camino, que efectivamente no era el correcto. Volvíamos a preguntar y nos señalaban directamente para el otro lado. Hasta que encontramos unos chicos jóvenes a los que le pedimos que lo busque en el GPS y nos lo muestren. Húmedas, llegamos. Estaba empezando la última semana de nuestro viaje de cinco semanas; los almanaques empezaron a tener forma de nuevo, es decir que volvimos poco a poco a tener consciencia de las fechas y las horas. 

En Potosí descubrí que no quería volver, que me quería quedar viajando por Latinoamérica sin pasaje de vuelta. No estaba lista para dejar ir a Bolivia, sentía que todavía me quedaba mucho por escuchar. Se lo dije a S, estábamos acostadas en camas cuchetas, ella abajo y yo arriba:

-No volvamos, ¿para qué queremos volver?

S. entre risas me decía que le gustaría, pero que bueno, que había que volver. Esa respuesta no me convencía y el pensamiento quedó revoloteando en mi cabeza.

Uyuni-

Nos embarcamos en una excursión por el Salar de Uyuni y sus alrededores que duraría tres  días. Nos dividimos en dos camionetas (seis en una y las dos restantes en la otra). S. y L. viajaban con  cuatro  turistas, una pareja de ingleses y dos italianos, uno de ellos tenía unos ojos que me llamaron la atención al instante en que lo conocí.

Recuerdo la emoción que me generaban personas nuevas cruzándose en mi camino viajero. Una persona nueva, significaba un universo nuevo. Para este entonces ya habíamos conocido muchas personas, pero cada una era novedad. Los seres humanos son un recurso inagotable de sorpresa. Abrazar la extrañeza puede resultar lo más extraordinario de explorar(se) con el otro, incluso cuando ese otro es terreno conocido. Puesto que los contextos, los lugares y las emociones nos transforman.  

Los motores de las camionetas se encendieron y con ellos se avecinaba una nueva aventura. Antes de salir a la ruta, tuvimos que hacer una parada técnica para recoger la comida que nos abastecería hasta el día siguiente.

El primer conflicto se hizo presente cuando el chofer y guía turístico perdió el celular que lo comunicaba con la otra parte del grupo.

No sabíamos cómo colaborar a la búsqueda y nos quedamos cuarenta minutos encerradas dentro del vehículo al lado de una casa en el medio de un campo carente de movimiento humano. “¿Dónde estará la otra camioneta? ¿Dónde estaremos nosotras?“ eran algunas de las preguntas que nos hacíamos. Finalmente el celular no apareció y ahora sí empezaría el viaje.

Además nuestra comunicación con él era bastante complicada, a pesar de hablar el mismo idioma, los códigos culturales generaban una amplia distancia. Sin embargo nunca entendí si fueron los modismos del lenguaje o que estábamos en frecuencias diferentes. Pero algo no nos permitía terminar de entendernos por completo.

A pesar de ello me fascinaba esa idea de diversidad, quería estar un rato en el cuerpo de él ¿cómo nos observaba? Luchaba contra mis pensamientos pre-establecidos y mis maneras constantemente para entrar en ese mundo un rato y sumergirme en la imaginación ¿en qué sueña?

 Pusimos un popurrí de música, cebamos mates y nos reíamos. Entre tantas canciones sonó una de Charly García y quien iba al frente del volante nos comentó que lo conocía y que le gustaba mucho. Algo nos acercó a él.

Perdí la noción de la hora y el día, algo que me ocurre con frecuencia cuando estoy de viaje. Se hizo el momento de almorzar y frenamos al costado de la ruta, donde nos encontramos con el otro vehículo.

Nos prepararon una comida típica boliviana: arroz, verduras cocidas, papas y milanesas y, de postre, bananas. Mientras recreo aquellos sabores, me tele-transporto, inmediatamente, a la región del altiplano. Apreciamos la inmensidad y la belleza natural del paisaje que nos rodeaba y nos invitaba a disfrutar del acto de compartir una comida. 

En esa ocasión, pude intercambiar las primeras oraciones con “los tanos”. Vivían en un pueblo a dos horas de Roma, uno era chef y el otro trabajaba en un viñedo. No los identificaba por sus nombres aún.

Terminamos de almorzar y  nuevamente emprendimos viaje.

Corrían los minutos, estábamos cada vez a más altura, y el cielo azul, despejado de nube alguna quedó atrás. El panorama era otro. La neblina eclipsaba al campo de blanco, a nuestro alrededor.

Empezó a llover, luego la lluvia dió lugar a la nieve complicando el viaje. La situación empeoró de tal modo que debimos frenar porque algo en la mecánica se había roto.

En ese momento, M., quien sufría ataques de pánico, se comenzó a hiperventilar:

–    Respira profundo- una de nosotras intentaba transmitirle.

Lamentablemente, perdimos a la otra camioneta. A través de la ventana solo veíamos blanco, por la niebla. El guía bufaba, se sumergía en quejas y no daba ninguna explicación. La llegada a las lagunas de colores con flamencos, las cuales eran la atracción turística del día, se postergaba y la adrenalina aumentaba.

Pasaron quince minutos y el guía logró ponerle un parche al problema automotriz, que jamás nos explicó que era.

 A medio andar, llegamos a la tan esperada parada. Recuperamos el contacto con la otra camioneta. El frío nos helaba el cuerpo y la laguna no tenía ningún color. Muy a lo lejos observábamos solo dos flamencos. Nos empezamos a reír a carcajadas, esa risa de cuando ya estás entregada a que la situación fluya. No estuvimos más de diez minutos porque el frío y la nieve no te lo permitían.

Nos subimos a la camioneta cruzando los dedos para que lleguemos sin inconvenientes al próximo destino. Ignorando algún que otro ruido y a una velocidad baja pudimos llegar al refugio.

Era una casa amplia: tres habitaciones, un baño y un comedor, pero no había agua caliente. Nos recibieron tres mujeres y un niño ¿viven acá? ¿Tienen familia? ¿Dónde hacen las compras? ¿Trabajan acá? ¿El chico va a la escuela? Me invadía de preguntas el solo hecho de observarlos, cuando nos servían el  té y unas galletitas. Esa merienda fue un mimo. Estábamos los doce turistas sentados compartiendo ese momento

Luego, algunos jugamos a las cartas, otros se fueron a leer o escribir bitácoras de viajes, escuchar música o dormir la siesta.

Se cortó la luz por unas horas y volvió para la cena. Nos reunimos de nuevo. Cuando nos complementábamos las ocho no había quien nos calle y no tuvimos mejor idea que proponer un juego de adivinanzas, mientras esperábamos la comida. Intensas y divertidas nos reíamos, jugábamos e intentábamos incluir a los extranjeros que lógicamente no hablaban nuestro idioma. Los ingleses ni lo intentaron, aunque uno de los italianos sí. Sorprendido con el volumen de nuestras voces y nuestras maneras de seguir siendo niñas, jugó. S enloquecida con la tonada italiana empezó a imitarlo, al principio fue gracioso pero después no paraba de hacerlo y no sabíamos cómo decirle que ya era suficiente. Llegó la comida para salvarnos. Sopa de entrada, fideos con salsa como plato principal y vino para superar el frío.

Fumamos unos cigarrillos, mientras miramos las estrellas, respiramos aire fresco y nos fuimos a dormir:

-Buenas noches, hasta mañana- intercambiamos entre nacionalidades.

Día dos-

A las pocas horas de habernos acostado, nos despertamos. Aún era de noche. Ese día retornábamos al pueblo de Uyuni para dormir, ya que, al siguiente concluiriamos con la excursión al salar.

 En la ruta tuvimos que hacer  algunas paradas. La primera fue en unas termas naturales, donde hacía mucho frío y, de a ratos, caía nieve. No entendía cómo me iba a poner una malla; me congelaría.

Cuando llegamos y bajamos de la camioneta estaba segura que no me bañaría en las piletas, pero de pronto me desperté ¿Estaba en unas termas naturales, con nieve alrededor, en medio de un campo desértico ¡Cómo no iba a aprovechar aquella oportunidad que me estaba regalando, una vez más, la naturaleza! Así que sin pensarlo tanto me cambié y entré. Me quemaba y me helaba; tuve la sensación de estar en dos polos al mismo tiempo. El contacto con el agua, con el poder de lo natural, es revitalizante y te limpia por dentro. Me permitió caminar más liviana, como si todo mi sistema interior se liberará de todo lo que le pesaba. En ese momento el tiempo se frenó y la cabeza también. La conexión era pura y exclusivamente con la naturaleza, no existió lugar para otra cosa. El aire pura me generaba la sensación de letargo. 

“Menos mal que tomé esta decisión” pensé.

Ahí, intercambié algunas palabras con el italiano… se llamaba D.

Luego, seguimos camino, con la incomodidad de estar mojadas pero con la satisfacción de la renovación. La próxima parada sería el almuerzo, en una casa que prestaba su cocina para turistas, que hacían excursiones por la zona.

Mientras comíamos, charlábamos, de manera muy relajada, con D y su amigo. Nos contaban cómo era su vida en Italia,  intercambiamos diferencias culturales y etarias, ya que nos llevaban algunos años más. Nos contábamos historias de vida, eso que ocurre cuando estás sin wifi, ni nada que te conecte con el mundo virtual del siglo XXI, y si, frente a un paisaje que quisieras guardarlo en tus ojos para siempre. ¿Entonces qué queda? Mirar a los ojos al de al lado, al que te cuenta una anécdota, al que te comparte un mate o te regala una sonrisa. 

El salar-

Nunca pensé que alguien podía tener tanta energía a las cinco de la mañana recién amanecido, pero Bernardo, el nuevo guía, me demostró que sí. Fue un verdadero personaje. Nada hubiese sido igual sin su presencia.  Disfrutaba plenamente de conectarse con personas de todo el mundo y su objetivo era divertir a los que pasaban por su vehículo.

Cuando lo conocimos esa madrugada, desde un principio, se refirió a nosotras como amigas íntimas; y al grito de ¿qué te pasa con tú? (expresión que podría ser sinónimo de ¿qué onda?) empezamos un nuevo recorrido.

Al principio estábamos desconcertadas con su nivel de entusiasmo; habíamos pasado de un guía gruñón a otro totalmente opuesto, en pocas horas. Nos mirábamos, para corroborar que estemos todas en la misma sintonía; y si, definitivamente lo estábamos. Decidimos entrar en su juego y divertirnos con él; sin duda fue una gran decisión. Pusimos música y cantamos muy fuerte en el medio del salar. Nos sacamos fotos saltando y haciendo que sosteníamos a la otra. Todo el set fotográfico fue guiado por Bernardo, quien nos daba consejos para que salgan mejor.

Mientras tanto, le preguntamos cómo hacía para guiarse por ahí, donde no había ningún tipo de indicación.  El salar es la inmensidad. Giraba en el eje y estaba parada siempre en el mismo lugar, inclusive moviendome. El Salar de Uyuni es el desierto de sal más grande del mundo y una de las mayores reservas de litio. Pero además es el espejo del cielo. La belleza natural del paraíso, reflejado en el piso. Un retrato de lo infinito y de lo que llegamos con la mirada. Porque el salar se guarda en la vista. Fue la conexión entre la naturaleza y lo más profundo de mis ojos. No encontré manera de sentirlo con otro de mis sentidos. El amanecer, dudoso, ya que el sol salió acompañado de varias nubes, fue la poesía del simple hecho fijar la mirada; fijarla, en un hecho concreto, pero en un paisaje inverosímil. Al suelo lo sentía débil, parecía que en cualquier momento se quebraba. En ciertos espacios había agua o piletas pequeñas que se formaban naturalmente. Estábamos en el medio de la nada. Abrazadas por un todo blanco, con las nubes en nuestros pies. 

Cruzando fronteras-

Aquel día retornábamos, no a nuestras casas, pero si a nuestro país. Decidimos pasar los últimos días del viaje en Tilcara, un lugar mágico.  Así que, nos colgamos la mochila, una vez más, y nos fuimos a la terminal de buses. Los pasajes ya los habíamos comprado hacía unos días, para asegurarnos. Luego de cinco semanas afuera, quebrando estructuras, me tocaba regresar pero algo me decía que pronto estaría transitando nuevas tierras otra vez. No había dejado Bolivia todavía. Sin embargo ya comenzaba a sentir nostalgia. Una parte de mí, sin duda, se quedaba allá. Revoloteando por la selva de Coroico o las calles de Sucre. Me hablaba a mí misma suplicándome no olvidar los sentires que me había producido transitar esas sendas.  

 Los italianos, con quienes ya habíamos entablado un vínculo viajero, se unieron a nosotras, para compartir algunos días más. Mientras esperábamos al micro, intercambié algunas palabras más con D:

-Qué lindos aros,  ¿dónde los compraste?

-En Copacabana

 Cuando estábamos subiendo al micro nos damos cuenta que S y yo teníamos los mismos números de asiento que los italianos. Sobrevendieron pasajes, “que mejor manera de despedirse de Bolivia”. ¿Qué haríamos? Nos dimos cuenta de esto, e inmediatamente empezamos a idear un plan; Z se sentía mal,  por lo que, sería nuestra mejor excusa para que no nos bajen del micro.

Nos atrincheramos a los asientos y pusimos cara de nada. D y su amigo dijeron que venían con nosotras y  necesitaban que les den otros lugares. Como si nada hubiese pasado los reacomodaron y nos permitieron iniciar el trayecto sin inconvenientes.

El micro partió con destino a Villazón.

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